Ocho apellidos de soberanía

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ocho apellidos de soberanía

fecha: 25 septiembre 2016
autor: antonio notario

Gabilondo, Urdangarín, Zubizarreta, Arguiñano, Igartiburu, Erentxun, Otegi y Clemente forman parte de los ocho apellidos que todo buen vasco ha de disponer en su árbol genealógico. Algo parecido le sucede al concepto de soberanía. Precisamente esta semana, Íñigo Urkullu nos ha deleitado con un nuevo apellido: soberanía “compartida”.

El concepto de soberanía compartida no es algo inédito, o que haya salido de las mentes pensantes de la ribera del Nervión. Por poner un ejemplo reciente, el ministro de asuntos exteriores se ha referido a esta solución como una posibilidad futura para Gibraltar tras los resultados del Brexit, así que consideramos que se trata de algo que tiene un punto de actualidad y en el que merece la pena ahondar, aunque sólo sea un poco.

Incluso se trata, a mi modo de parecer, de una expresión que define bien la distribución de competencias entre el gobierno central y autonómico desde hace ya muchos años, si bien este asunto puede llegar a resultar algo cansino y agotador.

En el campo de las relaciones internacionales, el estudio de las diferentes concepciones de soberanía es realmente interesante y aporta una perspectiva enriquecedora para el entendimiento de la sociedad internacional. Al igual que el mundo está en constante transformación, los conceptos, normas e ideas no pueden estar escritos en piedra.

Este breve artículo ofrece un repaso a diferentes nociones del concepto de soberanía. Concretamente, y al igual que en la magnífica película “ocho apellidos vascos”, os propongo un recorrido de ocho apellidos para soberanía.

Nuestro camino comienza por el tradicional concepto de soberanía “estatal”, nacido en la cuna de Westfalia. Su proyección más fácilmente entendible es aquella que se aplica al territorio de un país. Parte de la base del Estado-nación como elemento nuclear del ejercicio del poder, del control de movimientos a través de sus fronteras, de las decisiones que se adopten en materia de política exterior y del reconocimiento como ente independiente.[1]

En un contexto contemporáneo, en el que las fronteras quedan diluidas cada vez más, los desafíos como el terrorismo global y las organizaciones no estatales producen relevantes asimetrías, y el dominio físico comparte protagonismo con el entorno digital, aparecen nuevos apellidos al paradigma de soberanía. En este entorno de complejidad global, Naciones Unidas mantiene el principio de soberanía “instrumental”, como una herramienta normativa, e incluso moral, que resulta necesaria para la protección de la dignidad, justicia y seguridad de los ciudadanos. Esta concepción de la soberanía como “mecanismo” es la que sirve como base común para el normal funcionamiento del sistema internacional.[2]

Siguiendo en esta línea argumental, pero yendo un paso más allá, y con un enfoque algo más pragmático, nos encontramos el principio de soberanía “translúcida”. Este concepto resultaría de aplicación para aquellos casos en los que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas considera permisible la incursión en un Estado para llevar a cabo determinadas operaciones.

Existe un creciente consenso transnacional hacia una soberanía condicionada a la obligación a respetar los derechos humanos. La “responsabilidad de proteger” (R2P) representa nuestro siguiente apellido. Bajo este prisma, una intervención exterior sería aplicable a casos por ejemplo de genocidio, o crisis humanitarias relacionadas con situaciones bélicas, etc. Existen varias resoluciones del Consejo de Seguridad y de la Asamblea General de Naciones Unidas que hacen referencia al concepto R2P, como por ejemplo en Somalia o en Haití. Otro ejemplo de rabiosa actualidad es la aplicación, por primera vez en tiempo de paz,  del R2P para Corea del Norte con base en informes emitidos sobre la violación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.[3]

Para los casos concretos del terrorismo internacional y de la proliferación de armas de destrucción masiva encontramos respectivamente las variantes “Responsabilidad de Proteger contra el Terrorismo” (R2CT) y la “obligación de prevenir” (DTP por sus siglas en inglés – duty to prevent). El caso del R2CT resulta de interés especial dado protagonismo que este desafío global ha adquirido hoy en día y desde el ataque a las torres gemelas en Nueva York. De esta forma, bajo la fórmula de la aplicación del R2CT se justificarían intervenciones en países-silo para luchar contra organizaciones terroristas transnacionales tales como Al-Queda y Daesh.

Frente a todas estas aproximaciones de corte internacionalista, nos encontramos con una visión extremadamente original: aquella que otorga al concepto de soberanía los apellidos de “hipocresía organizada”. Se trata de una visión que defiende la idea de que los líderes endorsan la soberanía cuando apoya su posición de poder y autoridad y, por el contrario, la ignoran cuando desde un punto de vista político no resulta conveniente. Este original enfoque se lo debemos al profesor Stephen Krasner. Su libro titulado “Sovereignty: Organized Hypocrisy” profundiza en detalle sobre esta idea, aportando ejemplos históricos que apoyan sus argumentos tan creativos.

Dejo para el final el apellido que más me atrae. Se trata de la soberanía “moderna”, concepto central que desarrolla John Jackson en su libro “Soberanía, la OMC y los fundamentos cambiantes del Derecho internacional” y que llegó a mis manos gracias a la gran amabilidad de un muy prestigioso catedrático internacionalista a quien estoy muy agradecido. Este interesante y enriquecedor libro ofrece un análisis muy en profundidad de la soberanía moderna. Para ello se basa en lo que el autor califica como el ámbito más complejo de la práctica y la jurisprudencia del derecho internacional económico hoy en día: La Organización Mundial del Comercio. Lo realmente interesante de este libro a mi humilde juicio es la extensión conceptual hacia ideas más abiertas en el dominio de las relaciones internacionales.

La soberanía moderna se trata, a mi modo de entender, de una aportación creativa y abierta a modelos que aporten soluciones a los problemas de la sociedad global actual. La soberanía moderna parte de la base de ser capaz de reconocer los objetivos que van más allá de la soberanía nuclear y propone soluciones imaginativas a ciertos asuntos no resueltos hoy en día, según nos explica el profesor Jackson en su obra. A tal fin se hace necesaria un análisis desagregado, de tal forma que permita simplificar el proceso mediante la identificación de componentes.

Para finalizar, y a modo de conclusión, señalaré las principales ideas con la que quiero cerrar este artículo: la transformación constante y el dinamismo que caracterizan las relaciones internacionales requieren evitar principios inamovibles. La creatividad y la flexibilidad se hacen necesarias en paradigmas otrora considerados como auténticos mantras. Este es el caso del concepto de soberanía, para el que, al igual que en la muy recomendable película “ocho apellidos vascos” hemos encontrado “ocho apellidos para soberanía”. Soberanía estatal, instrumental, translúcida, R2P, R2CT, DTP, hipocresía organizada y soberanía moderna son los ocho apellidos que forman nuestro recorrido a la vasca compartida.

[1] R.N. Haas: “Sovereignty Existing Rights, Evolving Responsibilities”, citado en “Soberanía, la OMC y los fundamentos cambiantes del Derecho internacional, página 110, de John J. Jackson.

[2] Etzioni, Amitai: “Foreign Policy: Thinking outside of the box”. Routledge, 2016. P.110.

[3] Menéndez del Valle, Emilio: Corea del Norte y la Responsabilidad de Proteger. Documento de trabajo 13/2016 del Real Instituto Elcano, de 9 de septiembre de 2016, disponible en: http://www.realinstitutoelcano.org/wps/wcm/connect/c9e17a804e2c3403be83ff799a68028e/DT13-2016-MenendezdelValle-Corea-Norte-Responsabilidad-Proteger.pdf?MOD=AJPERES&cacheid=1473412309468

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